dissabte, 3 d’agost de 2019

VERSOS, VERSOS, VERSOS


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«Carn fresca». El libro, con este título, podría ser cualquier cosa: una novela, por ejemplo, o un recetario de cocina, o un reportaje sobre el «streaking». Se trata, sin embargo, de una antología de poetas: «Poesía valenciana jove». Acaba de aparecer en los escaparates, y estoy seguro de que tendrá un éxito fulminante. No sólo un «succés d’estime», que se ve venir, sino incluso de venta. Naturalmente, lo uno y lo otro, crítica y clientes, se producirán en los términos restringidos habituales, como es lógico. Pero no cabe duda de que despertará muchas curiosidades. Quizá su primer mérito sea, en el fondo, el hecho mismo de postularlas: entre los valencianos, por supuesto y por razones obvias, y entre los demás catalanes —o catalano- parlantes, si se quiere—, en la medida en que los presuntos interesados no se chupen el dedo. Porque, de entrada, nos hallamos ante un episodio más, o ante un episodio «nuevo» —cargo de énfasis lo de «nuevo»—, de esa dificultosa, esforzada, a ratos tragicómica y siempre ingenua tentativa de asegurar «el fet literari del català» en el País Valenciano. En esta línea, cada peripecia resulta social c históricamente «importante», aunque en sí sea mediocre o precaria. Ahora, en «Carn fresca», el dato y él augurio que el dato comporta representan una aportación sin precedentes. Amadeu Fabregat, responsable del volumen, invoca cuatro «antologías» con apariencia de eso: de precedentes. Y no: no lo son. Esto es distinto. Por fortuna.
   Diré, para empezar, que el trabajo de Fabregat ya es, en su estricta entidad, un inteligente planteamiento del tema. Amadeu Fabregat está dando mucho que hablar, últimamente. Es un chico —veintipocos años— procedente de Torreblanca, que ganó el octubre pasado un premio de novela en Valencia y que había despuntado en las páginas de «Gorg». La novela en cuestión tiene un título —también— infame («Falles folles foten foc», o «Folles falles fetes flam»[1], o algo por el estilo), pero que constituye un texto notablemente vigoroso como creación verbal y de sutiles Insidias testimoniales. Todavía está en trámite de imprenta: conozco el manuscrito, y confieso mi sorpresa ante el Ingenioso tejido de palabras, alusiones, fantasías, que Fabregat ha tramado. Desde el ángulo valenciano, la cosa es —será— un hito. Ya veremos cómo se lo toma el público, y cómo se lo toman los colegas. Como crítico, Fabregat ha divagado sobre las más reputadas novedades del momento, a dos dedos de caer en lo que antaño se llamaba esnobismo, pero salvándose generalmente por un rasgo «inconvencional» o «anticon- vencional». Su introducción a «Carn fresca» se beneficia de estos ejercicios previos. Es un papel muy lúcido. No digo que esté de acuerdo con él, de cabo a rabo. Ni falta que hace. Es, desde luego, un brillante «raccourci» de lo que, desde el País Valenciano, se ha hecho en poesía catalana en los últimos treinta años. Y «pro domo»: arrimando el ascua a su sardina. Literalmente: a su «carne fresca». Que era su obligación, claro está.
   El lector avisado no necesitará detalles: la rama «valenciana» de la poesía catalana, a partir de la dispersión del 500. ha funcionado por su cuenta, a trancas y barrancas, y con una trayectoria sólo relativamente enlazada con la del Principado y la de las Islas. Esta singularidad ambigua tiende a autosubsanarse: bien mirado, ya lo intentaron el señor Villarroya y el señor Llorente (don Teodoro), y por ahí siguieron los demás, Miquel Duran, Caries Salvador, Almela i Vives. Xavier Casp. Algunos hicieron marcha atrás, y con su pan se lo comieron o se lo comen. En todo caso, el propósito quedaba en pie. Y fallaba, ante todo, por la discutible continuidad que presentado el empeño. En la postguerra, el embrollo fue más denso por un instante. Luego se aclararon las cosas. Pero no demasiado. Un poeta tan considerable como Vicent Andrés Estellés —poeta apabullante, el mayor y el mejor desde hacía siglos— tuvo una bibliografía irregular, y sólo hoy, con sus «Obres Completes» (el segundo volumen, alucinante, acaba de salir do las prensas), estamos en condiciones de medir su talla. Después de los ungüentos lopezpiconianos de Xavier Casp, y al lado de la timidez retórica de quienes le éramos (y que por muchos años continuemos siéndolo) sus «coetáneos», María Beneyto, Jaume Bru, yo -—«anch'io»—, Andrés Estellés significa un chorro feroz de ira, de obscenidad, de vida y de muerte, cronológicamente frenado o desviado. Las seducciones que venían de Barcelona, mientras tanto, no cubrían el vacío. Un vacío inmediato: inevitablemente local.
   Cuando en 1962 Manuel Sanchis Guarner presentaba el librito «Poetes universitaris valencians», Salvador Espriu y su «Pell de brau» eran una referencia sólida, y no todavía Pere Quart, sí no recuerdo mal... (Aquí vendría como anillo al dedo insinuar unas cuantas dudas sobre la salud mental de la plantilla literaria barcelonesa. Entonces prosperaba la displicencia respecto de Riba, nadie se acordaba de Foix, o casi nadie, y Brossa era un proscrito. Le misma memez, pero de signo cambiado, se repite estos días, con el vergonzoso silencio en torno a Espriu y a Oliver. Sin que por ello, además, la «reivindicación» de Foix o de Brossa pasen de ser un tartufismo miserable, en muchos casos. O quizá no: quizá todo sea una cuestión de analfabetismo constitucional...) Y vuelvo a mis carneros. La selección de poetas «universitarios» del 62. ¿qué saldo deja? Lluís Aracil saltó del verso a la sociolingüística; Alfons Cucó, Joan A. Lacomba y Joan Riera se pasaron a la erudición; Isabel C. Simó dirige la revista «Canigó» y se entrega a los ejercicios del oficio; Antoni Seva explica latín, dice que traduce a Seneca para la «Bernat Metge». y manipula novelas. Fieles a la poesía quedan Emili Boils, E. Rodríguez Bernaheu. y, sobre todo, Lluís Alpera. Alpera se tomó en serio las gráciles propuestas de una «poesía realista» que, en un arrebato do euforia, formularon Josep M, Castellet y Joaquim Molas. Lo curioso del caso es que el programita de Castellet y Molas, desplazado de cara al Principado —su fracaso fue tota!—. tenía posibilidades en el País Valenciano...
   Las tuvo, y Lluís Alpera las capitaneó de algún modo, cuando en 1966 firmaba aquella «Anthology of Valencian Realist Poetry», que la revista «Identity magazine» de una universidad de Massachusetts recogió en uno de sus opúsculos. Dicen que pasó la «moda» del denominado «realismo». «Moda» por «moda», todas son iguales, y el vaivén, a la larga, no pasa do ser una rumba de cenáculos superferolíticos. Pero, en sus reductos recalcitrantes, electivos o fatales, unos poetas han seguido confeccionando «poesía realista». La mitad de «Carn fresca», prácticamente. les está reservada. Los poetas aludidos —buenos o menos buenos. que esto es otra historia— no lo fueron por «moda» y plantan cara a las «modas» sucesivas. Uno es un modesto tendero, otro es un administrador de Correos, se les «añade un delineante que se gana el salario en el exilio laboral de Alemania, el de más allá trabajaba anteayer mismo en un horno de cerámica. La extracción rural los unifica. Para ellos, hacer una poesía discursiva, denunciatoria, cáustica o militante, es «traducir» la verídica angustia o el sarcasmo puro que fluye por la calle. El tamiz «pequeñoburgués», a escala valenciana, sería, si a tanto llegase, «microburgués». De todos modos, eso no tiene nada que ver con la rápidamente agostada flor de loto de una «poesía realista» de «white collar» barcelonesco, universitario o no, rápidamente desertada por sus pontífices.
   La otra mitad de «Carn fresca» es, precisamente, antirrealista. Queda alimentada por chavales académicos, más o menos hirsutos, agresivos también, pero de otra manera. Su voluntad literaria, en buena medida, se encauza a través de la manipulación de la palabra: el experimento, el juego, la titilación de los tropos. He de reconocer que por este lado los resultados son «literariamente» más dignos de gratitud. Al fin y al cabo, la poesía es, en primer término, un chisporroteo lingüístico. Lo cual, por cierto, y en catalán —¡ni en castellano!-, no ha sido cosa factible en el País Valenciano, por complejos motivos históricos. Será una paradoja afirmar que el único gran poeta «valenciano» del siglo XX —Estellés aparte— ha sido Miguel Hernández, nativo de Orihuela. Pero a nadie se le ocurr censar a Hernández en el padrón colectivo. (Aunque Miguel Hernández comenzó imitando a don Teodoro Llorente en un poema etnográfico, sobre «La barraca»...) La penuria idiomàtica de los valencianos se refleja en la mediocridad de la poesía «vernacular»: la tristeza de Duran, de Almela, de Salvador, de Casp... La «carn fresca» rompe o irrumpe, no sé cómo ni por qué, por este lado. Es una poesía de nenúfar, en genera! Pero de una fosforescencia admirable. Los liróforos aludidos tienen a su favor otra eventualidad de esperanza: parecen obcecados en ser poetas. Se la diferencia respecto a la antologia de 1962. Provisionalmente, los dechados de Barcelona se hacen sentir: mas Gimferrer que Foix o Brossa, en última instancia. Y tampoco demasiado. La «extravagancia» —fuera de órbita— de los valencianos, les deja opciones marginales. Aunque sea a nivel de aprendiz o de tono menor, así van las cosas. Que no pueden ser otros.
   «Carn fresca» es un solomillo lírico precioso. El «bouqui[2] sobrepasa las doscientas páginas. Dadas las costumbres editoriales de la localidad, nos enfrentamos con una operación memorable. Más lo es por el contenido. Una joven «poesía valenciana» entra en liza: entre los treinta y los diecinueve años, bien podemos llamarlo «juventud». Y envidiarlo... El drama, en cuanto a la entraña del proceso, es que, al margen de las «antologías», los poetas valencianos sólo muy raramente lograban y logran comunicarse con su previsible audífono. Por eso ahora, hay que echar las campanas al vuelo. Aunque, en resumidas cuentas, sea exorbitante o desorbitado... Desde mi particular observatorio. «Carn fresca» es, además, una invitación al remordimiento y a la ironía. Pienso en mis tiempos: cuando por treinta duros uno montaba un soneto a una señorita desconocida, por la solicitud de un periódico, o sin cobrar nada, para satisfacer la vanidad del administrador del papel de donde uno se ganaba cuatro cuartos, cuando la nena de dicho individuo tomaba la primera comunión... Un soneto... ¿Qué es un soneto? «Un soneto me manda hacer Violante...» No sé hasta qué punto los muchachos de «Carn fresca» han eludido el oprobio. No importa: ahí estan. Diez poetas jóvenes. Fabregat no pudo reunir más. Creo que la cifra sería duplicable. La inocencia provincial siempre se estrena en verso, y más aún, desde el «dialecto». De esa circunstancia surge «Carn fresca»: un panorama impensable hace diez años. Dentro de otros diez...



[1] Títol final: Falles Folles Fetes Foc [ICR]
[2] Llibre