dimarts, 6 de desembre de 2011

En record d'una CONSTITUCIÓ "de pura risa"

NOS ESTAMOS CONSTITUYENDO

El otro día, en un periódico, leí la alegría que mi distinguido amigo don Jorge Solé Tura siente ante el engendro de pro­yecto de constitución que él y sus «consensuales» parla­mentarios han fabricado. Estas estupideces, este tipo de estu­pideces, me incitan al pesimis­mo. ¡Quién nos lo iba a decir! El profesor Solé Tura, jovencísi­mo, se lanzó a la palestra his­tórico-política acusando a Prat de la Riba de reaccionario. Desde luego, Prat de la Riba era un reaccionario como una catedral. Pero, ahora que don Jorge pretende que nos tra­guemos su «constitución» jo­vialmente «pactada», por lo menos habrá de reconocer que el tenebroso Prat de la Riba queda un poco más a la iz­quierda que él. Históricamente hablando, naturalmente. A mí, el asunto no me inquieta. Pertenezco a la inmensa muchedumbre de los ciudadanos del Estado español que nos pone­mos a ver los toros desde la barrera. Esa constitución que nos prometen me parece una tomadura de pelo. La plebisci­tará la mayoría del censo electoral: ¡y tanto! Será un referén­dum abrumador: ganará el «mando». Un mando «consen­sual», desde luego: un agua­chirle teórico interferido.

Los herederos «democráti­cos» de Franco, incluido don Santiago Carrillo, con la excu­sa de que hemos de ser una Monarquía Constitucional, se han lanzado a fabricar una ine­vitable «constitución». Esa «constitución», créanme, y desde ya (como dicen los suramericanos), no pasa de ser una broma de mal gusto. Que sea la «constitución» que los cachorros franquistas rene­gados —afortunadamente renegados— deseen, es una cosa. Y otra, la adhesión de la «izquierdiosidad» vaga y titu­beante. No nos engañemos: una «constitución» surgida de ese gazpacho parlamentario no será sino lo que la UCD, con su «royalty», programe. Ya lo estamos viendo, artículo por artículo. Esa aparente «armo­nía» —la palabra «armonía» es levemente más cómica que «consenso» — entre derechas e izquierdas, se traduce en una amplia indiferencia del electo­rado. La constitución previsible la dictó —más o menos— Suá­rez, y la han apoyado los de­más: todos, don Santiago, don Felipe, don Tierno, don Jorge... Y don Fraga. Y uno se encoge de hombros.

¿Podría haber habido la oportunidad de convocar los votos mayoritarios en torno a un programa lúcido y enérgi­co? No fue así. Toda la «iz­quierda», como un solo hom­bre, se aplicó al chupa-chups de Suárez. Unos olvidaron a Lenin, otros a Marx; Fraga ha olvidado a Vázquez de Mella y a Donoso Cortés; corremos el riesgo, puestos en esta lí­nea, que Blas Piñar y sus gue­rrillas abandonen a Víctor Pra­dera y a Jiménez Caballero y a Maeztu, y al mismísimo Goebbels, para deslizarse más a la derecha, si es que hay un «más»... Me pregunto si es que no estamos locos, todos. Em­pezando por la pandilla de ca­tedráticos y «amateurs» que fabrican la «Constitución». Son una pura risa... Yo soy un «ex­traparlamentario» desde que nací... ¿Y tú no? Amigo lector —«mon semblable, mon frè­re»—, deja de ser hipócrita, co­mo decía Baudelaire, y échate a dormir. La constitución que nos preparan pone carne de gallina. De ella se arrepentirá don Jorge Solé...


Joan Fuster. Por favor. Barcelona. 10-VII-78.